There is no place like home, when you've got no place to go.

28/8/15

La muerte

“La muerte y la soledad de la muerte son las únicas certezas comunes a todos. ¡Cuán extraño es que esa única certeza, esa única comunión sea casi incapaz de influir sobre los hombres y que tan lejos estén de sentir esa fraternidad en la muerte! Advierto con placer que los hombres se resisten en absoluto a concebir la idea de la muerte y desearía contribuir a hacerles más digna cien veces de ser meditada la idea de la vida”
Friedrich Nietzsche



La muerte.

El concepto de muerte es descripto por los diccionarios de la forma más simple y concisa posible: “Muerte: fin de la vida.”. Sin embargo, definirla de una manera tan breve como ésta significaría, además, tener que pensar y explicar qué es la vida. La vida es el proceso de muerte. Es decir: mientras avanzan nuestras vidas, mientras crecemos y mientras vivimos el día-a-día, a su vez estamos acortando el tiempo que queda entre nuestro presente y el momento en el que dejaremos de existir como cuerpos homeostáticos. En el momento en el que un bebé nace, comienza su vida; pero a su vez, su muerte.
Lo cierto es que nadie puede tener certeza de prácticamente nada. Nadie está apto para decir qué sucederá en diez años, en una semana o en dos minutos. La vida es una constante variable, una serie de puertas y caminos que atravesamos al tomar decisiones, al realizar ciertas cosas; no sabemos que hay detrás de cada puerta, no sabemos con qué nos vamos a encontrar. Lo único de lo que podemos estar seguros es de que al final de tantos pasillos, solo hay un destino posible: morir.
¿Qué es morir? Bueno, depende de a quién se le pregunte. Un cristiano te puede decir que es un pasaje al paraíso, es la entrada a un mundo en el que el cuerpo carnal no puede resistir, sino que solo el alma y el espíritu de la persona es elevado al cielo para volver con su creador, con Dios. Un budista sostiene que la muerte es un hecho fundamental y un sufrimiento inevitable en la vida, por lo que cada ser humano debe aceptarlo como tal con la finalidad de vivir una vida con la alegría merecida, al descartar la idea de muerte como algo malo. En el antiguo Egipto creían en un Más Allá llamado “Duat”; su obsesión y su creencia en este reino posterior a la vida era tal que su mayor preocupación era la de poder ingresar a el mismo al ser juzgados en el momento de muerte por el dios Osiris, quién decidiría, de acuerdo a las acciones cometidas a lo largo de la vida del humano y de la pureza de su alma, si merecía o no la eternidad (cabe resaltar que veían la muerte como una reencarnación)… Y así podríamos continuar hablando de muchas percepciones de la muerte a partir de cada religión, pero lo que llama la atención es que en todas las religiones no se puede dejar de plantear el hecho de la existencia de ALGO MÁS.
¿Qué hay después de la muerte? O, ¿hay algo?. La posibilidad de que no exista nada es la que asusta. O de un mundo completamente distinto y desconocido, en el hipotético caso de que existiese algo después. Todas estas ideas fueron creando miedos en las sociedades, necesidad de una contención propia en la cual depositar toda las inseguridades y calmar sus propios pensamientos.
Además, está el hecho de que la muerte es un suceso que nos afecta proviniendo del entorno: es causada por algo alrededor. Por lo tanto, la idea que primero se nos hace de ésta es la de algo maligno, algo que nos afecta desde el exterior; y que no solo nos puede afectar a nosotros mismos. Perder a seres queridos, enterarse de pérdidas de vidas que parecen “injustas”, el miedo a todo eso también existe y a veces es incluso mayor que el de la muerte misma. Prescindir de la presencia de alguien a quien apreciamos y no vamos a volver a ver nunca (o por lo menos en esta vida, para los religiosos) lógicamente nos genera terror, angustia y un miedo completamente racional y doloroso. Lo cierto es que nunca estamos preparados para perder a alguien, más allá de nuestra percepción de la muerte. No estamos preparados para extrañar tanto y tan “de golpe”.
En la teoría de la reencarnación, se concibe la existencia de un alma o un espíritu, que va transmigrando en distintos cuerpos y vidas a medida que cada cuerpo muere, y evolucionando a su vez. Teniendo en cuenta este concepto podemos decir que hay una parte de nosotros que nunca muere: el alma, o la energía, o la esencia; pero otro de los temas que hay que plantear es el hecho de hasta qué punto ese ‘nosotros’ nos incluye a nosotros, la persona que somos, con nuestra construcción de personalidad, valores, creencias y conciencia. En el caso de que ese alma poseyera alguna de las anteriormente mencionadas cuestiones, al transmigrar a otro cuerpo, en este deberían aparecer ciertas relaciones con aspectos de la personalidad, lo que no parece posible si tenemos en cuenta que la personalidad es un proceso de construcción a través de experiencias y un momento, lugar y entorno específicos de un cuerpo humano vivo. Al plantearnos esta idea, suponemos o abrimos la posibilidad de que el alma nunca se aferre al cuerpo, ya que al dejarlo no se lleva nada de él, dejando a la persona de esa vida y atrás. Todo esto, claro, en el caso de la reencarnación.
En la antigua Grecia, Platón planteaba que estudiar la filosofía era prepararse para morir, para desprender el alma del cuerpo, para aceptar el final como algo normal y afrontarlo a su debido modo; él sostenía que el alma está “encarcelada al cuerpo”, y que la muerte es su liberación.
Si pensamos en la historia universal desde sus comienzos es un tanto sorprendente darnos cuenta de lo relativamente corto de nuestro paso por este mundo como cierta persona específica; pero, para nosotros, la vida es todo lo que tenemos. La vida empieza donde nacemos, nuestra vida, nuestro pensar, nuestras vivencias. A lo largo de ésta desarrollamos todo lo que necesitamos para alcanzar felicidad, creamos relaciones, amamos, conocemos gente, aprendemos a sentir. Somos únicamente conscientes de nuestra propia vida como la persona que hoy somos, por lo que es lógico y entendible el miedo a la muerte: a perder la vida, a perderlo todo.
Pero lo cierto, como el filósofo Nietzsche planteaba, es que la única certeza total que tenemos es la de que en algún momento a lo largo de nuestro paso por este mundo físico, vamos a morir. El miedo solo genera más miedo, no nos salva nada; nadie se salva de morir, y muchas veces las personas no están dispuestas a aceptar esta idea, ya sea por el simple hecho de la incredibilidad de que tanto se desvanezca con tan poco o por la no-aceptación de que no exista algo más. En este momento es en el que nacen las religiones: creencias que especulan sobre lo que sucede después de la muerte, dioses y paraísos y reinos mejores esperándonos después del final, del temido final.
Y aun así, en el fondo, nadie deja de preguntarse, nadie nunca está seguro. Nada es certero, nada es conciso. Suposiciones, teorías, religiones, ciencia. Dioses. Nada comprobado, nada en lo que confiar.
Para finalizar, concluyo con que la muerte está en cada uno. La muerte es un proceso que comienza cuando empieza la vida: la muerte es la vida, y viceversa. Es irreversible, definitiva y permanente. Es universal, ya que todos vamos a morir. Ya que estamos todos constantemente muriéndonos. No existe el orden “vivir, luego morir”; son cosas que suceden juntas.
Y más allá de que eso pueda sonar un tanto cínico, no hay que tomarlo como tal cosa. La muerte es algo natural, es algo que sucede desde los orígenes y va a continuar sucediendo hasta el final. Temerle solo genera malestar, es algo que no se puede modificar.
Piensen lo que piensen todas las religiones, todas las distintas cabezas opinando y creando distintas hipótesis, no podemos basarnos en lo incierto. Y lo incierto es todo, menos morir. Qué hay más allá, es otro tema. Nunca vamos a saber si hay algo más allá, hasta que lleguemos más allá.
Y quizá ni siquiera en ese momento logremos ser conscientes de lo que vamos a estar viviendo.


22/8/15

Primero me hago un té, y pongo música. Porque así (tengo mis convicciones) siento más. Porque adentro de mi habitación siento todo más chico, casi como si estuviese en la palma de mi mano. Casi como si lo pudiese agarrar, controlar, manejar. Como si no fuese tan.. ¿"molesto"? como realmente es.
Hoy me sorprendo a mí misma reflexionando sobre cómo es posible que pueda escucharte cantar de manera distraída, sin saber que te estoy mirando, y pensar en que te amo, en que no hay una cosa más hermosa que vos, ahora cantando en frente mío; y a la hora escucharte cantar y sentir que no soporto escucharte más, porque la música me está quemando la cabeza, porque está tan alta que no me deja pensar. Porque te miro moverte y te miro odiar, y te odio, en ese momento te odio. Y porque siento que ese odio es mutuo. Porque siento que hay algo roto, que hay una grieta, que hay algo mal en la base sobre la que construimos cada beso y cada momento.
No entiendo cómo es posible reírnos como si no hubiese nada malo en el mundo y cómo es posible amarnos como si al otro día nos fuésemos a morir y cómo haces para acariciarme y hacerme sentir tan única y tan hermosa, y cómo haces para que no pueda dejar de mirarte y de pensar que no hay algo más hermoso, que en todo el mundo no hay una persona más linda que vos; y en dos segundos hacerme sentir como si nada de todo eso valiese, como si todo estuviese mal, como si de repente el mundo volviese a tener sus guerras y como si no valiera la pena amarnos tanto porque no nos vamos a morir mañana (o eso creemos) y que sí, sí hay mil personas más lindas que yo y no soy única, no soy ni siquiera especial, no soy diferente, y vos capaz que tampoco. Y vos capaz que no me haces bien, y vos capaz (y solo capaz) no seas todo lo que sentí que eras hace dos (ahora tres) minutos.
Porque tengo ganas de hacerme una bolita mientras voy sentada en el asiento de acompañante, porque me da miedo la velocidad, porque me da miedo lo que me puedas decir.
Porque no soporto el volumen tan alto. La música está muy alta, no puedo pensar. Por favor, bajá la música. Por favor, dejá de cantar, por favor. No lo soporto un segundo más. Me va a explotar la cabeza. Quiero que te importe algo, dejá de cantar, no estamos para cantar.
Me quiero ir a mi casa. Necesito estar lejos, porque estar cerca me lastima. Porque no vamos a ningún lado y no quiero ser consiente de eso porque duele, porque la realidad duele y vos me estás doliendo ahora, de espaldas, con la música tan alta que me empieza a latir la cabeza, con el orgullo tan alto que sé que no me vas a mirar, y yo solo quiero que me mires y quiero gritarte que BASTA, que BAJES LA MÚSICA YA, que NO QUIERO ESTO. Que no quiero, que me quiero ir a mi casa, que ya no lo aguanto más. Ya no puedo estar cerca de eso que sos ahora, eso que sos después de llenarte de negro.
Que eso me da miedo.
Y me empiezo a desesperar porque no se soluciona y yo no quiero moverme, no quiero hacer nada, quiero que se termine, que se termine para siempre y que esté todo bien de nuevo. No me alejo de las cosas para solucionarlas (como me dijiste), me alejo de las cosas porque no creo que tengan solución, y porque no me quiero lastimar, no me quiero caer, no me quiero dejar golpear.
Pero cuando me ponés un té en frente y solo por ese momento, veo el por qué de todos los te amo que te digo todos los días. Solo por un momento, entre toda la oscuridad, puede ser que vea ese algo de luz, ese destellito. Y no me alcanza, porque yo no soy como vos, porque yo no puedo hacer que las cosas no pasaron; porque para mí no es cuestión de voluntad o de "cambiar la cara".
Y porque sé que, a pesar de que no te quiero perder, "-no puedo estar así"; y yo tampoco.
¿Cómo podés decirme que no podes elegir, que no podes evitar reaccionar? Nosotros elegimos quiénes somos; nosotros tenemos poder sobre nosotros. Y no, tenes razón, no sé que es lidiar con eso que vos lidias, pero sí sé que es lidiar con muchas otras cosas y sí sé qué es elegir, elegir estar bien. Porque yo también tengo mis problemas y porque yo también tengo mis manías, mis cosas sin solucionar. Yo también me desespero y yo tampoco sé cómo reaccionar.
Pero cuando se trata de vos, intento hacerlo bien. Y cuando se trata del resto del mundo o de mí, intento hacerlo bien. Porque YO elegí estar bien, porque yo elijo estar bien, porque yo elijo dejar lo que me hace mal. Porque es cuestión de fuerza.
Capaz tendrías que haberme acompañado a ver las estrellas con un acolchado esa noche.
Capaz tendrías que haberme elegido a mí esa otra.
Capaz tendrías que haberme dicho "perdón si te ofendí" en vez de patear el colchón.
Capaz tendrías que haberte dado cuenta que la música estaba muy alta o que me estaba por morir.
Capaz es mi culpa. No lo descarto.
Y capaz (y solo capaz) simplemente no somos lo que creemos que somos.
¿Qué es el amor, si no es lo suficientemente fuerte como para generar fuerza? No sirve de nada.
No sirve nada.
No sirve. No funciona.
¡¿Es amor?!